Por Ángel Luis Carmona
La palabreja “patrimonio”, que no hace tanto solo se utilizaba de vez en cuando y con cautela, ahora ha pasado a formar parte de los lugares comunes que se aplican a cualquier cosa, junto con “histórico”, “irrepetible”, “super” y otros cuantos términos que, de tanto ser utilizados por las exageraciones marketineras, han perdido la capacidad de sugerir que se trata de algo realmente importante.
Obviamente la palabra es un latinajo castellanizado que incluye, indistintamente, todo aquello de valor que, como personas individuales, como parte de un grupo social o como integrantes de la especie humana, hemos recibido de nuestros antepasados. Así pues, desde la herencia directa de tus padres hasta las pinturas rupestres, pasando por todo lo que tiene carga simbólica para el país y la ciudad en donde vives, todo es patrimonio.
Tal amplitud en el concepto ha facilitado que se abuse del término y también que haya distintos tipos de valoración patrimonial: la foto de una dama de principios del siglo XX no tendrá el mismo valor para su nieto que para un coleccionista de retratos antiguos y, por supuesto, tendrá otro significado patrimonial en el caso de que la dama en cuestión sea, por ejemplo, Madame Curie.
Claro que hay toda clase de elementos que son patrimoniales por sí mismos: obras de todas las artes, edificios históricos o con valor simbólico, aportes científicos, inclusive paisajes y otros elementos de la naturaleza –, pero en realidad la gran mayoría del patrimonio deviene tal no por su naturaleza, sino por motivos contextuales específicos, como en el caso del retrato de la dama.
Una cantimplora, por poner otros ejemplos sencillos, en sí misma no es patrimonio; sin embargo, si fue utilizada en una guerra, lo será. Una máquina de escribir puede ser patrimonio porque las computadoras la convirtieron en una antigüedad o porque la utilizó, digamos, Roa Bastos o Torrente Ballester.
Veamos ahora casos más raros: en la conferencia que impartió, en el marco de Los Museos se Muestran, el museólogo brasileño Dr. Camilo de Mello Vasconcellos, contó la anécdota de un empresario que construía su negocio en un lugar que resultó ser de valor arqueológico. Como entre lo encontrado en el lugar había defecciones humanas fosilizadas, el hombre argumentó: “No voy a detener una obra de progreso porque se encontró una mierda”, o algo parecido… lo cierto es que, una vez fosilizadas, ya no se llaman mierda, sino coprolitos, de un valor científico incalculable y, en consecuencia, indiscutiblemente patrimonio.
No hay que escandalizarse en exceso de la tan conveniente demostración de supina ignorancia o, quizás, olvido interesado del brasileño… ¿Cuántas casas históricas del centro de Asunción se taparon un día para “restauración” y sus enclaves fueron ocupados por adefesios modernos, también calificados por sus artífices como “obras de progreso”? Incluso si las casas no eran tan importantes ni de especial belleza, al formar parte del conjunto urbanístico del centro de la ciudad, ocasionaron un daño irreparable a la identidad y al patrimonio perteneciente a Asunción y a los asuncenos.
Vayamos a otra categoría patrimonial: se trata de aquella que suele llamarse “inmaterial”. No hace mucho se ha declarado al tereré patrimonio y, de hecho, para el Paraguay, no es un patrimonio menor, sino una seña de identidad. Acá se toma mate caliente, pero en Argentina, Brasil y Uruguay también; en cambio, el tereré es esencialmente paraguayo.
Mi amigo, Ángel Campos, decía que “una antigüedad es el orinal de la abuela que nuestra madre tiró a la basura y que nosotros compramos por una montaña de dinero”. La humorística frase registra otra forma contextual de que un objeto devenga patrimonio: el paso del tiempo.
El orinal de marras hizo un periplo desde una tienda de quincalla hasta estar escondido con vergüenza debajo de la cama; de allí al almacén de trastos viejos, del que un día también se desechó y de la basura pasó a un anticuario y, finalmente, a tener un lugar de privilegio en la decoración de nuestra sala y (¿quién sabe?) a lo mejor dentro de unos siglos, futuros arqueólogos se preguntarán si acaso tenía utilidad práctica o, por el contrario, se trataba de un objeto ritual.
Ciertamente, cosas muy sencillas y cotidianas pueden devenir patrimonio cuando, por cualquier circunstancia, adquieren un valor que nada tiene que ver con su utilidad práctica, sino con varias lecturas contextuales: su origen, su valor científico, su carga simbólica y también de dónde y cómo los vemos; la cantimplora o las máquinas de escribir, que unas líneas atrás usamos como ejemplo, no se perciben por sí mismas como patrimonio sin cartelas que indiquen “esto es de tal guerra” o “con esto tal autor escribió tal obra”. Y donde uno encuentra esas cartelas informativas es en los lugares que guardan y exhiben patrimonio, reuniéndolo con el contexto que le otorga su valor.
Los museos, entonces, son los principales guardianes del patrimonio, no tanto por lo que tienen en su acervo, sino porque sus cartelas facilitan las lecturas contextuales que acercan al público a través de su guion museológico. Como ya escribí una vez: el Museo Británico o el Louvre exhiben muy poco como patrimonio propio y mucho como expolio del patrimonio ajeno.
Por supuesto, los objetos de esos museos internacionalmente famosos son también patrimonio de la humanidad, pero la potencia de su simbolismo universal convive con el guion curatorial que dice: “somos unos ladrones”.
