El arte de embalsamar lo que todavía respira

El arte de embalsamar lo que todavía respira

Por Mayra Jiménez - MUPA

Existe algo profundamente contradictorio (y humano) en nuestra obsesión por conservar las cosas. Así terminamos momificando santos y, con esa misma devoción religiosa, hoy embalsamamos ciudades enteras: conservamos sus ladrillos, pensando que estos son la ciudad, mientras las vaciamos de personas. No de golpe, sino con la lentitud violenta de quienes se van sin hacer ruido porque nadie les ofreció razones para quedarse.

Me parece que hay ciudades que se construyen para ser habitadas; así como también hay ciudades que se edifican solo para ser miradas por otros. Las primeras se despliegan orgánicamente con el tiempo, como textos que se escriben, se borran y se reescriben con el paso de los años, con el tránsito de vecinos que las recorren en fragmentos de sus vidas, entre conversaciones en la calle y en las plazas. Las segundas se diseñan para ser admiradas por ojos ajenos que están de paso, junto a destellos de flashes que más tarde se reducen a recuerdos, pero de simulacros de ciudad.

Creo que podría existir un tercer tipo, mucho más insidioso —¿podría decirse?—, más difícil de nombrar: la ciudad que ni se habita ni se mira permanentemente, que se abandona casi todo el tiempo (pero de forma intencional), para “resucitar” cada tanto en el horario de la TV encendida, fingiendo que siempre estuvo viva. Es la del centro que se deja a su suerte, vaciándose de a poco, con edificios que se desmoronan bajo gritos silenciosos, detrás de fachadas recién pintadas y carteles que dicen “Patrimonio Cultural”, pero que en la práctica son habitados por fantasmas y ecos de lo que fueron, sostenidos por promesas incumplidas de lo que pudieron ser y no les dejaron. Matamos de hambre lo que creemos proteger: preservamos matando, conservamos vaciando y celebramos lo que se está dejando morir.

El centro de Asunción cuenta con algunas actividades comerciales y culturales. (Foto de Alina Cantero)

Nuestra Asunción de veredas rotas se encuentra hoy, por lo que veo y siento, en este grupo. En parte, por el tipo de políticas pensadas para sostenerla; en parte, porque el capital encontró cauces de inversión mucho más rentables en otros puntos de la ciudad, en nuestros nuevos templos laicos, donde lo público se disuelve en consumo y lo privado se erige en grandes complejos mixtos como la única vía posible para salvarnos de la “estanqueidad”, bajo lemas de avance, futuro y progreso. Mientras tanto, la ciudad se utiliza en gran medida como un espacio musealizado: los edificios funcionan como cuadros y, en lugar de habitantes, hay visitantes.

Esta ciudad fantasma es la misma que las autoridades despiertan de vez en cuando para las rutinas de fotografía, porque el abandono no excluye las puestas en escena; muy por el contrario, creo que las vuelve más necesarias. Si el centro deja de ser un lugar donde la gente puede vivir, al menos que sea un sitio donde se pueda consumir y posar. Incluso se organizan grandes despliegues que duran un par de horas, para que lo que está muriendo parezca vivo por un rato y, sobre todo, para que lo vean nuevos ojos.

Desarrollamos con el tiempo una obsesión —casi un fetiche— por el objeto histórico: alabamos el ladrillo donde decimos que pisó algún personaje “importante” del pasado o protegemos fachadas como patrimonio histórico-cultural. Pero esta obsesión es también una forma de no hacernos cargo de lo incómodo: que el patrimonio no está en las cosas, sino en lo que ocurre con ellas. 

El patrimonio vivo —no “embalsamable”—, porque se mueve, cambia y se transforma, no interesa a quienes solo piensan en el reel aesthetic viral de turno o en campañas de marketing de culto al ego. Ese patrimonio puede ser desordenado, ruidoso y, a veces, incluso acorralado y perseguido, cuando no es decretado desde arriba, sino construido desde abajo.

¿Para quiénes preservamos realmente?

Calle Palma de Asunción. (Foto de Eduardo Quintana - MUPA)

Si importara el patrimonio vivo de forma integral, nos interesarían más las personas que lo hacen suyo. Habría alquileres accesibles para una vivienda digna, transporte eficiente para llegar al centro y conectarnos desde todas partes, en lugar de excluir mediante rejas que separan bajo la excusa de “proteger” los espacios, alejándolos cada vez más de lo auténtico. 

Habría terceros espacios fortalecidos y líneas de apoyo para centros culturales autogestionados; más incentivos para quedarse en la ciudad. Importaría más crear comunidad y habitar los lugares que preservar solo sus cascarones vacíos o buscarles disfraces para insertarlos en nuevas narrativas. Lo que vemos, en cambio, es el resultado de políticas donde importa más la fachada que lo que ocurre detrás de ella.

Distinto sería si quisiéramos a nuestras ciudades de cerca: tocándolas, habitándolas en tiempos de trabajo, de sueño y de ocio, intentando comprenderlas en sus propios ritmos.

La ciudad que camino cada día no sé si es la misma que se vende en las campañas de marketing de las redes sociales estatales o en los TikToks que muestran dónde está de moda ir a comer. Y no sé si esta versión puede terminar devorando a la que aún respira entre sus grietas, en un tragicómico espectáculo de sostenerse apenas con vida, lo suficiente como para mirar cómo se desangra ante nuestras manos impotentes.