Pilar, la memoria de la ciudad en una inundación

Pilar, la memoria de la ciudad en una inundación

Por: Eduardo Quintana – MUPA

Pilar convive con el agua como quien convive con una memoria inevitable. No es una excepción ni un accidente, sino un patrón. Un pulso hidroclimático que vuelve, se repite, insiste. En las últimas décadas, las crecidas e inundaciones marcaron los años 1992, 1997–98, 2002, 2014, 2019 y 2023. Cada una dejó su huella, pero ninguna se borró del todo.

Sin embargo, la memoria colectiva de la ciudad siempre regresa a una escena mayor, casi fundacional en el recuerdo reciente: la inundación de 1983. Fue una de las más devastadoras. El río Paraguay creció con una fuerza sostenida y el arroyo Ñeembucú cedió ante el avance del agua. La ciudad no se detuvo de golpe sino que se fue apagando lentamente, barrio por barrio, calle por calle, como si la geografía se reescribiera bajo otro lenguaje.

Durante semanas, que luego fueron tres meses, varios barrios quedaron bajo el agua. La vida cotidiana se desplazó a otro plano. Los habitantes, sin distinción de edad, levantaban muros de arena, improvisaban defensas, intentaban contener lo incontenible. No era solo una lucha contra la naturaleza: era una forma de sostener la ciudad en pie.

El escritor e historiador local Mauricio Acosta recuerda ese tiempo como un período “muy difícil, desgastante y perjudicial”, pero insiste en algo que sobrevive al desastre: la solidaridad. En aquellos días, él trabajaba como corresponsal del diario Última Hora y cubría la inundación desde canoas y lanchas, desplazándose por una ciudad convertida en río.

Junto a su hija, la periodista y cineasta Alejandra Acosta, conservan un archivo fotográfico que funciona como memoria viva. En esas imágenes aparecen los primeros sacos de arena, las canoas como único transporte posible, escuelas improvisadas en campamentos, y hasta una procesión católica fluvial de Corpus Christi atravesando el agua. La Basílica Menor Nuestra Señora de Pilar aparece parcialmente sumergida, mientras el barrio Obrero levanta su propio muro de defensa.

Inundación en Pilar en 1983
Inundación en Pilar en 1983.

Pero el archivo guarda una imagen aún más antigua, una fotografía de 1966. Otra crecida, otra ciudad bajo presión del agua. 

En 1983, Alejandra era una niña y tuvo que refugiarse en Asunción junto a su hermano Adrián, en casa de unos amigos y sus abuelos maternos, en la casa de unos tíos. Desde esa distancia forzada, recuerda menos el desastre y más la respuesta: la ayuda mutua, la sensación de comunidad, la certeza de que nadie estaba completamente solo.

El agua, en Pilar, no solo inunda sino también organiza la memoria. Esa memoria también está inscripta en piedra, pintura y altura dentro del espacio cultural más significativo de la ciudad: el Museo Cabildo de Pilar. Allí, la inundación no se recuerda solo con palabras o fotografías, sino con un gesto silencioso: dos tonos en la pared marcan la altura exacta a la que llegó el agua en 1983. Una línea que no necesita explicación para imponer respeto.

Los colores marcan la memoria. Hasta allí llegó el agua en el museo, en 1983. Foto de Eduardo Quintana - MUPA

La intervención fue realizada en 2018,  por Osvaldo Salerno y Natalia Ántola de la Dirección General de Patrimonio, Secretaría Nacional de Cultura. Previamente, en 2011, el arquitecto y museólogo Carlos Colombino realizó una  intervención, según explicó a MUPA Teresita Salcedo, encargada del museo.

El edificio en sí mismo es otra capa de historia. Fue Cabildo durante la colonia y luego dependencia estatal en tiempos de la dictadura de José Gaspar Rodríguez de Francia. Funcionó hasta diciembre de 1824 como tal. Más tarde fue oficina pública, luego cayó en abandono, y en 1880 pasó a manos privadas. Recién en 1967 fue donado al Estado y restaurado, para ser inaugurado como museo en 1972, durante la dictadura de Alfredo Stroessner.

Entrar al museo es ingresar a otra temporalidad. Lo primero que aparece es un cepo, un instrumento de castigo y restricción utilizado en épocas coloniales y posteriores. Es una forma abrupta de recordar que la historia no siempre es contemplativa.

Luego, el visitante se encuentra con objetos de la Guerra contra la Triple Alianza (1864–1870), conflicto en el que Ñeembucú tuvo un rol clave en los primeros años. Hay balas de cañón, una silla atribuida a Francisco Solano López, gorras de soldados, un tambor de madera con la inscripción “Viva la República del Paraguay”, kepi militar negro, cantimploras, recipientes de cerámica y barro, botellas de vidrio, proyectiles de artillería, pistolas a chispa, bayonetas, ollas de hierro utilizadas en campaña, y hasta una bandera paraguaya de la Guerra del Chaco (1932–1935).

Parte de la colección del Museo Cabildo de Pilar.

Entre los objetos aparece también un cachiveo de madera de timbó, asociado a pueblos indígenas, que según Salcedo aún es utilizado por algunos pescadores de la región. Como en otros museos del país, también se conservan cadenas vinculadas a la Guerra de la Triple Alianza, integradas a la museografía como huellas materiales de la violencia histórica.

El museo también resguarda muebles, espejos, retratos y objetos de Juana Pessoa, figura local de Ñeembucú y pareja de Francisco Solano López, cuya casona aún se mantiene en pie en Pilar.

En el piso superior, el recorrido se vuelve más silencioso. Allí se conservan piezas de la antigua Iglesia de Pilar, bombardeada durante la Guerra contra la Triple Alianza: un San Francisco de Asís del siglo XVIII, un San Miguel Arcángel, un Jesús muerto, un sagrario, un nicho familiar del siglo XIX, un hostiario de plata repujada, un crucifijo, siete relieves en madera policromada y hasta una campana de bronce.

Todo parece hablar en capas. La guerra, la fe, la vida cotidiana, la inundación. Distintos tiempos que no se ordenan en línea recta, sino que se superponen como sedimentos.

Porque en Pilar la historia no está detrás, está debajo, al lado y, muchas veces, alrededor.

Y sin embargo, el final no es de ruina. El acceso al museo es libre y gratuito de miércoles a domingos. Afuera, la ciudad sigue conviviendo con el río, con la promesa eterna de la Costanera, con sus crecidas, con sus memorias de agua. Cada inundación vuelve a escribir la misma pregunta: cómo se sostiene una ciudad cuando el agua insiste.

Tal vez la respuesta no esté en resistirle del todo, sino en recordarla. Y en cada recuerdo —como en 1983, como en 1966— Pilar vuelve a emerger, no como una ciudad intacta, sino como una ciudad que aprendió a no desaparecer, incluso cuando todo parece sumergirse.