¿Para qué sirven los museos cuando el mundo se rompe?
Por Eduardo Quintana - MUPA
Cuando el mundo se rompe, los museos dejan de ser depósitos de objetos y se convierten en dispositivos de supervivencia cultural. Los museos no son daños colaterales, hoy son objetivos estratégicos en conflictos armados. Y, al mismo tiempo, son una de las pocas instituciones que las sociedades intentan salvar incluso mientras colapsan sus Estados.
Actualmente, existen más de 100 conflictos armados activos en el mundo – desde guerras de alta intensidad hasta conflictos regionales prolongados. En ese escenario aparece una pregunta incómoda en el ámbito de la museología contemporánea: ¿qué sentido tiene conservar el patrimonio, cuando las condiciones básicas de vida colapsan?
La historia muestra una respuesta persistente.
Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajadores del British Museum trasladaron miles de piezas al metro de Londres y a canteras subterráneas para protegerlas de los bombardeos. En Francia, el Louvre evacuó obras como la Mona Lisa antes de la ocupación nazi. Aun así, parte del patrimonio fue saqueado y trasladado a Alemania.
En Irak, tras la invasión de 2003, el Museo Nacional perdió aproximadamente 15.000 piezas arqueológicas mesopotámicas. Muchas no fueron recuperadas. Es una de las mayores pérdidas patrimoniales contemporáneas.
Ante la inminencia de la invasión de Estados Unidos y sus aliados, los trabajadores del museo ejecutaron un plan clandestino y heroico para salvar el patrimonio de Mesopotamia: evacuaron las piezas de oro más valiosas a las bóvedas subterráneas del Banco Central, escondieron miles de manuscritos en un búnker fortificado y resguardaron la colección principal detrás de una pared falsa dentro del propio edificio, haciendo un juramento de silencio para no revelar su ubicación.
Gracias a esta previsión a contrarreloj, lograron proteger más de 8.300 de las joyas arqueológicas más importantes del mundo; de modo que las 15.000 piezas saqueadas (aunque significaron una pérdida trágica) provinieron principalmente de depósitos secundarios, evitando así la destrucción absoluta de la memoria cultural de la región.
En Siria, la destrucción de Palmira a manos del Estado Islámico mostró otra dimensión: la destrucción no es solo material, sino simbólica. El grupo extremista no solo dinamitó templos milenarios para provocar a la comunidad internacional, sino para perpetrar un "memoracidio" que borrara el pasado plural y tolerante de la región. El costo más trágico de esta violencia simbólica fue el asesinato del arqueólogo Khaled al-Asaad, quien prefirió morir torturado antes que revelar el escondite de los tesoros de la ciudad, evidenciando que destruir la historia y asesinar a sus guardianes son parte del mismo intento por erradicar la identidad de un pueblo.
En Gaza, Palestina, tanto arqueólogos como ciudadanos intentaron rescatar fragmentos históricos bajo los escombros, mientras se dañaban o destruían mezquitas, bibliotecas y sitios arqueológicos. Informes de expertos y organismos internacionales señalan más de 300 sitios culturales afectados.
En Ucrania, durante la invasión rusa, trabajadores culturales protegieron esculturas con sacos de arena mientras digitalizaban colecciones en tiempo real. Pero aún asi, según datos verificados por UNESCO, se registraron daños en 525 sitios culturales, incluyendo museos, edificios religiosos, bibliotecas y sitios arqueológicos.
En ambos casos, el patrimonio no es un daño secundario: es parte del campo de disputa.

El museo como lenguaje político
La destrucción cultural no es aleatoria. Responde a una lógica que consiste en controlar la narrativa del pasado.
El caso del Museo de Mosul, destruido en Irak, lo muestra con claridad: no fue solo un acto de fanatismo, sino una operación sobre la memoria. Lo mismo ocurre en conflictos donde se disputa la legitimidad histórica de ciudades, regiones o civilizaciones.
La identidad cultural es un territorio en disputa. Por eso los museos ya no pueden sostener una neutralidad abstracta. Comunican, seleccionan, jerarquizan, omiten. Y también pueden resistir. De ahí que la comunicación haya pasado a ser un componente central de la museología contemporánea. Un museo que no se narra a sí mismo corre el riesgo de desaparecer simbólicamente, incluso si su colección permanece intacta.
En contextos de guerra o crisis, los museos también se transforman. En Ucrania, como mencionábamos antes, además de proteger colecciones, convirtieron los lugares de patrimonio en centros comunitarios, espacios educativos y archivos digitales abiertos. Se documenta la destrucción mientras ocurre. Esto modifica una idea clásica porque el museo ya no solo conserva el pasado, también archiva el presente.
Un país de guerras
En Paraguay, la relación entre conflicto y patrimonio es estructural. Durante la Guerra del Chaco (1932–1935), el Puerto de Asunción fue un punto logístico central: desde aquí salían tropas, armas y suministros hacia el frente. En paralelo, la vida cultural no se detuvo.
En 1933 se produjo la película En la tierra del guarán (1934), una producción argentina de 64 minutos de Lumiton; en ella aparecen figuras como el presidente Eusebio Ayala, el obispo Juan Sinforiano Bogarín y el historiador Juan E. O’Leary. Es uno de los primeros registros audiovisuales con sonido óptico en el país. En este contexto, se proyectaron iniciativas museísticas. O’Leary impulsó la creación de un museo de la Guerra del Chaco con armamentos y objetos del conflicto. Aunque no se concretó en ese momento, el acervo terminó integrando posteriormente el Museo Militar.
Al mismo tiempo, los museos en Asunción continuaron abiertos durante la guerra: el Museo de Bellas Artes funcionó con normalidad, mientras que el Museo de Monseñor Bogarín aumentó su colección con objetos traídos desde el frente por soldados: balas, banderas, amuletos y reliquias de guerra que dejaban los combatientes en la Catedral Metropolitana de Asunción.
En 1933 se creó el Museo de la Sociedad Científica del Paraguay, impulsado por Andrés Barbero y Wilhelm Schmidt, con colecciones arqueológicas y etnográficas. El Museo del Jardín Botánico también se consolidó como espacio de alta visita pública.
Es decir, pese a que el país estaba en guerra, también se encontraba construyendo su infraestructura de memoria.
El presente: museos en tensión
Hoy la disputa ya no es solo bélica, sino también institucional y cultural. Y en MUPA lo documentamos bien.
El Museo Casa de la Victoria, en Encarnación, que recuerda la Guerra del Chaco, ha funcionado incluso como espacio de residencia para excombatientes. Sin embargo, enfrenta problemas recurrentes de sostenibilidad. Pagos irregulares al personal y dificultades de gestión.
El Museo de Humaitá, ligado a la memoria de la Guerra de la Triple Alianza, atraviesa una situación crítica. Incluso fue cerrado por unas semanas en 2025. Informes periodísticos de MUPA documentaron desde 2023 la falta de mantenimiento, disputas entre instituciones y abandono administrativo. Tras la inundación de 1983, que destruyó gran parte del sitio, su reconstrucción dependió de vecinos, antes de caer nuevamente en la precariedad institucional.
La Casa de Serafina Dávalos representa otro tipo de conflicto: el de la memoria contemporánea. Investigaciones periodísticas, de nuestra vicedirectora Mercedes Céspedes, localizaron sus restos en el cementerio de la Recoleta, en el columbario municipal, nicho 44, posteriormente reutilizado. La memoria institucional no solo preserva o pierde edificios: también reorganiza, borra o reescribe cuerpos.
En paralelo, la casa de Serafina sigue en disputa patrimonial, mientras se discute qué memorias deben conservarse en el centro histórico de Asunción y cuáles pueden desaparecer por abandono o especulación urbana. ¿Se salvará? No sabemos. Por el momento, el periodismo y la divulgación nos ayudan a problematizar y poner en evidencia la situación.
También hablamos sobre la capacidad de palmear y reimaginarnos nuestra ciudad, nuestro centro. ¿Palmear significa pagar 20 mil guaraníes por una gaseosa de 500 ml, o significa mirar vitrinas y compartir entre amigos y familiares? ¿O la mezcla de todo eso hoy en día? ¿También un centro cultural como La Chispa tiene que ser perseguido en un centro histórico, que ya ofrece pocas alternativas culturales?
Los museos en Paraguay y en el mundo están en guerra. Contra la destrucción física, pero también contra el olvido, la desinformación y la precariedad institucional. No son solo espacios de exhibición sino formas de disputar el futuro. Porque incluso en escenarios de hambre, violencia o colapso, la pregunta no desaparece: quiénes somos y qué decidimos recordar.
Comunicar patrimonio no es solo narrar el pasado. Es decidir qué memorias una sociedad está dispuesta a salvar y cuáles deja caer. Y en esa decisión, los museos no son neutros. Nunca lo fueron.
(*) Conferencia presentada en Los Museos se Muestran 2026, en el Centro Cultural del Puerto, organizada por la Asociación Noche de los Museos.
