De Lisboa a Asunción: el río que me llevó lejos para volver a nombrar el Paraguay

De Lisboa a Asunción: el río que me llevó lejos para volver a nombrar el Paraguay

Por Gabriel Villalba

Lisboa supo rescatar, conservar y narrar su historia a través de museos y espacios culturales. En cada barrio es posible encontrar fragmentos del pasado materializados en cerámicas, artesanías, música, literatura e hitos históricos. Estas expresiones funcionan como coordenadas de una memoria viva porque no solo explican la ciudad al visitante, sino que relatan el paso del tiempo y las huellas de la acción humana.

Paraguay es un singular baúl sudamericano que resguarda historia, artes y saberes ancestrales. Valoro profundamente la labor de museos y centros culturales, porque habilitan el diálogo entre objetos, memorias y el sujeto paraguayo contemporáneo.

Tengo la convicción de que, empujado por su historia y por las tensiones del presente, el paraguayo muchas veces vive en la superficie, mientras que en las profundidades de nuestra esencia colectiva se esconden riquezas capaces de deslumbrar a espíritus lúcidos. Así lo demostraron figuras resaltantes que supieron mirar con atención: León Cadogan, Josefina Plá, Aimé Bonpland, entre otros.

Lisboa, capital de Portugal. (Foto de Gabriel Villalba)

Desde mi condición de buscador de versos, autoexiliado en la península ibérica, arribo a una certeza: el ritmo vertiginoso del presente y la decadencia de la civilización occidental tienden a homogeneizarlo todo, borrando matices y diferencias. Frente a ello, América Latina no puede olvidar que es territorio de diversidad, ancestralidad y multiculturalidad. El faro ya no está en el norte ni en el viejo mundo: está en nuestra propia tierra.

Me alejé del Paraguay para ganar una perspectiva distinta, con el propósito de comprenderlo mejor. Había pasado mi infancia y adolescencia sintiendo mucho y entendiendo poco. Era como cargar un río embravecido cuyo origen desconocía y cuyo final nunca lograba intuir. En medio de esa confusión habitaba un yo colmado de sueños y temores, curiosidades y dolores.

No sabía bien qué era el Paraguay y, en consecuencia, tampoco me conocía a mí mismo. Emigrar me dio la distancia necesaria para observar mi origen y la compleja urdimbre sociocultural llamada Paraguay. Paradójicamente, al alejarme fui acercándome: a mí y a la esencia de mi país.

Entre añoranzas, soledades e incertidumbres, comencé a reconocer el origen de ese río interior: su cauce antiguo y caótico, y el sentido de su andar. No existe una separación rígida entre Paraguay y paraguayo, entre patria y sujeto, del mismo modo en que la metafísica cuestiona la oposición entre observador y observado. Paraguay no es un objeto fijo: es un proceso, una realidad social en permanente construcción, sostenida por cada uno de sus hijos.

La colonización, las guerras, las injusticias sociales, las lágrimas de una madre, el silencio estoico del campesino, la carreta avanzando sobre la tierra roja, la albirroja celebrando un gol, los espíritus nobles anhelando paz, unión e igualdad… todo eso —y mucho más— es Paraguay. Eso había sido ra’e.

El paraguayo es una criatura musical y resistente. Desarrolló una forma de estoicismo mezclado con cinismo: juega a que nada le importa para no sucumbir bajo el peso de la pena. Hemos atravesado demasiados infortunios y desesperanzas y, aun así, seguimos sonriendo, con la frente en alto.

mba’eteko? iporãiterei!
aunque una espina de cadillo siga clavada en el pecho.

La capital portuguesa rescató, conservó y narró su historia a través de museos y espacios culturales. (Foto de Gabriel Villalba)

Tuve que alejarme de amistades y afectos, de amores y oportunidades, para sorprenderme de la belleza que nos rodea. ¿Cómo explicar que la guarania sea tan dulce y sublime, cargando un pueblo tantas penas en el corazón? ¿Cómo entender la naturalidad de nuestra polca y la belleza de nuestros versos, en medio de tantos pesares cotidianos? Tal vez así aprendimos a tolerar la tristeza: creando belleza en un territorio atravesado por conflictos, violencias y disputas. Así es la vida en esta tierra.

Comprendí entonces que esos paraguayos alegres, obstinados en no renunciar al sueño, son almas ricas. Eligen crear y vivir desde la nobleza de espíritu, incluso cuando el presente se vuelve adverso. Y eso -hermano- lo vale todo.

Este reconocimiento no minimiza la denuncia. Al contrario: resalta la labor valiente de poetas como Norma Flores Allende, Delfina Acosta o Karen Colman —entre tantos otros— que señalan las heridas, gritan con enojo y esperanza, y sacuden la apatía colectiva. Son amazonas armadas de voz y palabra.

“Nosotros venimos de pueblos
que hablan con el viento,
que oyen en la lluvia sus propios sentimientos.
Y sí, siempre creímos que la tierra fue mujer,
dando su vientre y su yuyo”.
“Los escritores no podemos callarnos.
No digerimos el silencio.
Es imposible no clamar por la paz”.

Deseo que poetas y cantores sigan cantando lo bueno y lo doloroso que nos define como pueblo. Hay tanta belleza y autenticidad para ofrecer al mundo —y a nosotros mismos— que urge sacudirnos del kerai, taipoty ñande kérayvoty, y caminar hacia un ko’ẽ pyahu, donde la alegría y el amor sean fuego guía de nuestro camino.

Algunos se desarrollan desde el abrigo del lugar que los vio nacer. Otros cargamos el impulso de ancestros seminómadas y atendemos al llamado de explorar nuevos territorios. En la distancia amplié la mirada y confirmé que Paraguay es un país profundamente rico, con mucho que ofrecer al mundo.