La estética del escándalo y el dilema del color de piel “verdadero” del centro asunceno

La estética del escándalo y el dilema del color de piel “verdadero” del centro asunceno

Por Mayra Jiménez - MUPA

A inicios de julio, se abrió un “mini debate” en redes sociales (específicamente en Facebook e Instagram), sobre la intervención cromática en la fachada del edificio de La Serafina, espacio cultural feminista. 

La crítica de un reconocido arquitectO calificó a los colores utilizados en la fachada de “kitsch”, “vulgares” y “ofensivos”, lo que reactivó una discusión en torno al conservadurismo patrimonial asunceno, un tema que -a mi entender- debería abordarse con el mayor respaldo académico y rigor conceptual, más allá de las jerarquías de validación que suelen invocarse

Podemos empezar por el principio, cuestionar la noción misma de “autenticidad”, que parece ser el núcleo de esa crítica. Cuando se afirma  que “nuestra cultura no se asocia a colores chillones”, se opera desde una concepción esencialista de la identidad cultural paraguaya, como si se tratara de un conjunto fijo, estable e inmutable de atributos que definen de manera cerrada qué es y qué no es paraguayo. 

Esta perspectiva desconoce  que las culturas son procesos dinámicos, en constante transformación y que el patrimonio -incluido el edilicio. no constituye un objeto congelado en el tiempo, sino una construcción social que adquiere distintos significados según el contexto histórico y las comunidades que lo habitan y resignifican. 

Creo que a través de los años, me volví más sensible para detectar mínimos atisbos de autoritarismo, y encuentro más de lo mismo en lo violento de decidir sobre qué colores son más dignos que otros para una fachada, y sobre quienes son más dignos que otros en decidir sobre tales cosas. Porque, el citado “respeto” cuando se usa como arma, deja de ser eso mismo y se convierte en control. 

Porque,¿qué significa respetar un edificio? ¿Respetarlo es dejarlo vacío, esperando que algún día un experto decida qué color es el adecuado? ¿O respetarlo significa habitarlo, cuidarlo, darle vida, aunque la vida que le demos no sea la que algunos esperaban? 

Al hablar de que “habría que pintar a la Serafina con los colores que tenía originalmente, porque es lo “correcto”, lo “auténtico”, llego a más preguntas, ¿por qué el original es superior a cualquier otra capa de historia? ¿Por qué el pasado tiene más derecho a definir el presente, que el presente a definir su propio futuro?

La ciudad no es un palimpsesto que se lee hacia atrás, solo mirando el pasado, la ciudad tiene más parecido a un texto que estamos escribiendo “desde atrás hacia adelante”. Y cada generación tiene el legítimo derecho a dejar su huella. Es lo que hizo el ser humano desde el inicio de la historia de la humanidad, alterar su territorio volviéndolo “suyo”. Y si el patrimonio es de todos, todos tenemos derecho a reclamarlo y a opinar sobre él.

Además, los “serios” colores neoclásicos que hoy asociamos con “el buen gusto” nos remiten (en teoría) a la Antigüedad clásica, donde el blanco monocromo fue más bien la ausencia del color. 

El Partenón; ese emblema de pureza arquitectónica e ideales clásicos siempre invocado para defender a la “seriedad” patrimonial estaba pintado de rojo, azul egipcio, y dorado; porque los antiguos griegos no tenían el menor reparo en ser “chillones”. Así entonces, el estándar de “respeto” que invocamos es un error histórico de varios siglos atrás que nació recién con el neoclasicismo.

Estatua de Atenea Partenos. Museo de Bellas Artes de Boston. Imagen cortesía de Ancient Greece. [Licencia: CC BY-NC-ND 4.0].

La evolución del concepto mismo de “autenticidad”.

El debate sobre policromía en edificios históricos es un anacronismo conceptual porque la crítica se fundamenta en una visión decimonónica del patrimonio, que prioriza la pureza material y la fidelidad a los colores “originales”. 

El Documento de Nara (1994) ( fundamental en la conservación del patrimonio) amplió el concepto de autenticidad más allá de los criterios de forma, diseño y materialidad, incluyendo dimensiones como el uso y la función, las tradiciones y técnicas, la localización y, principalmente, también sobre el espíritu y sentimiento que el bien patrimonial evoca en sus comunidades. ¿Quién define qué es auténtico en el Centro Histórico de Asunción? ¿Acaso existe una única versión legítima de nuestra identidad patrimonial?

La Carta de Nara consigna que la autenticidad no puede basarse en criterios fijos aplicables a todo el patrimonio (Apéndice 1.1), sino que deben aceptarse los valores culturales y de autenticidad propios de cada cultura, “porque el respeto a todas las culturas requiere que los bienes patrimoniales se consideren y se juzguen dentro de cada contexto cultural a los cuales pertenecen”.

Ya en 1994, esta ampliación conceptual de lo que respecta a “autenticidad” fue una respuesta a la evidencia de que la conservación patrimonial no puede reducirse solamente a una arqueología de superficies. Es el valor inmaterial ligado a los edificios el que resulta más que esencial, éste determina la verdadera “autenticidad” de los mismos.

La intervención cromática en La Serafina, criticada por "estridente" y "llamativa", podría ser reinterpretada, a la luz de la Carta de Nara, como una expresión contemporánea coherente del espíritu y sentimiento que el espacio cultural pretende transmitir actualmente. 

La Carta dice también: "Las fuentes de información, difieren de cultura en cultura y en algunos casos incluso en el interior de determinada cultura" (Art 11). Esto implica que, dentro de Paraguay, e incluso dentro del Centro Histórico de Asunción, pueden coexistir legítimamente diferentes aproximaciones estéticas al patrimonio, y con esta misma lógica, La Serafina, como espacio cultural feminista, tiene el derecho (y quizás la responsabilidad) de expresar su identidad a través de su fachada.

Otra Carta que resulta necesaria mencionar es  la Carta del Restauro (1972), que establece que no se deben remover las “pátinas y marcas del tiempo”. Esta pátina es también la historia de los usos y apropiaciones del edificio. La capa de pintura actual (que lleva décadas con esta misma estética) es, desde esta perspectiva, una nueva capa en la pátina del edificio, una que documenta su uso contemporáneo como espacio feminista y diverso. 

Removerla para "volver al original" sería, en cierto sentido, más violento que permitir que esa capa siga contando la historia del mismo.

Más recientemente, el Convenio de Faro (2005) del Consejo de Europa establece que el derecho al patrimonio cultural es un derecho humano, y que las comunidades tienen un papel activo en su definición y gestión. Estos documentos apuntan hacia la misma dirección interpretativa: que el patrimonio no es un objeto muerto que tiene que preservarse intacto e inmutable, sino que es más bien un proceso vivo que se reescribe constantemente con las comunidades a las cuales pertenece.

Sobre el color y el principio de reversibilidad 

Uno de los argumentos más sólidos a favor de la intervención en La Serafina, y que merece ser destacado, es el carácter reversible de la intervención cromática. Como señaló la Arq. Samantha Nadine en el posteo original del Facebook: "la restauración y conservación del patrimonio se rige a partir de cartas internacionales, en ninguna de ellas dice algo sobre el color de las fachadas, que al final es una intervención mínima y completamente reversible que no afecta el bien patrimonial". 

La Serafina, espacio cultural feminista.
Crédito: La Serafina. Google Street View 360.

Si bien en  la  Carta de Venecia  (1964), sí se hace una breve mención al color en su artículo 6, “La conservación de un monumento implica la de un marco a su escala. Cuando el marco tradicional subsiste, éste será conservado, y toda construcción nueva, toda destrucción y cualquier arreglo que pudiera alterar las relaciones entre los volúmenes y los colores, será desechada”, éste se refiere más bien a la no alteración entre volúmenes y colores, entendidas principalmente para obras nuevas o añadidos que podrían romper el equilibrio contextual del entorno, no se refiere a la pintura en sí de la fachada del edificio histórico; el  punto de “reversibilidad” es básico, la pintura de una fachada no es una modificación estructural irreversible. Si la comunidad, en un futuro, decidiera que los colores no son adecuados, se podría volver a pintar.

Tampoco podemos dejar de mencionar a la Carta de Cracovia (2000), que aboga por la integración del patrimonio en la vida urbana contemporánea, y establece que las intervenciones deben ser mínimas, reversibles y basadas en el conocimiento profundo del bien. Sin embargo, estas cartas no prescriben una estética determinada.

Si las cartas internacionales hasta ahora no consideraron necesario abordar la regulación del color de las fachadas con detalle, es porque entienden que el color es una intervención mínima y reversible, no una modificación estructural. Los documentos se preocupan por la estructura, la autenticidad material, la integridad del bien.

De las Cartas Internacionales hasta Asunción

De igual manera, tengo otra consigna que no puedo eludir, ¿por qué deberían los criterios de las Cartas Internacionales de Patrimonio Cultural tener más peso que los criterios de los vecinos y la comunidad del propio edificio?

Las cartas internacionales son documentos valiosos, esto es ciertísimo e indiscutible. Son el resultado de décadas de reflexión sobre cómo conservar el patrimonio de la humanidad. Pero también son, en su mayoría, documentos eurocéntricos, nacidos en contextos muchas veces muy distintos al nuestro, y que a menudo han sido aplicados en América Latina con una suerte de complejo de superioridad, como si lo que viniese de fuera, fuera (xd) siempre más legítimo que lo que se piensa desde dentro. 

El Documento de Nara, curiosamente, nos da la herramienta para cuestionar esto. Al afirmar que la autenticidad debe basarse en "los valores culturales y de autenticidad propios de cada cultura", nos está diciendo que lo local tiene prioridad. 

Que no se puede aplicar un mismo rasero a un templo griego que a una casa del centro histórico de Asunción. Que el significado, el uso y el sentimiento que una comunidad le da a su patrimonio son tan válidos (y más) que cualquier norma o marco referencial escrito en Europa.

En Paraguay, los criterios locales para intervenir en el patrimonio son sobre todo incipientes. Importamos marcos normativos para no reinventar ninguna rueda, pero estos no deberían de aplicarse en nuestro territorio antes de analizar su aplicación efectiva en el mismo, con nuestro propios contexto, realidades, problemáticas y necesidades. 

Si dejamos las cuestiones definitorias sobre reglamentación del patrimonio cultural solo en manos de “los expertos”, entonces el patrimonio es solo de unos pocos y no nos representa como comunidad. 

Considero que somos bastante capaces de -en honor a los valores democráticos que decimos tener-, construir nuestros propios criterios, basados en nuestra propia historia, diversidad, y formas de habitar la ciudad, situando a las mismas Cartas Internacionales como lo que son, marcos referenciales de lo que se entiende como “buenas prácticas”, pero jamás de aplicación de forma dogmática.

La ciudad que se conserva intacta es un cadáver

Si cualquier cambio es una profanación, entendemos al casco histórico como un área muerta de preservación en formol, y esto es consecuencia directa de la visión que tenemos de cómo debemos conservar a todas las cosas. Concibiendo al centro como un escenario que debe ser preservado en su estado más “original”, para el disfrute de visitantes y de turistas, priorizando la estética de la fachada, por sobre lo que ocurre “en el fondo”, confundiendo totalmente conservación con “congelación”. 

Por suerte, hay otras maneras de entender la ciudad, y tienen más que ver con un tejido vivo, un “cuerpo vivo” que es habitado, transformado y resignificado constantemente; que,ocasionalmente, se viste de manera estridente para demostrar que sigue existiendo y no es invisible; conformando una declaración de existencia, donde comunica abierta y simbólicamente “Este espacio también es nuestro, como esta ciudad, y no pedimos permiso para ser visibles”.

La crítica a la Serafina se puede leer como una especie de expresión ansiosa de clase entre los guardianes del patrimonio cultural nacional, que ven a la apropiación popular y diversa del centro histórico como una amenaza al monopolio sobre la definición de lo que es “autentico” y “respetuoso”. 

Creo también, que este caso nos invita a repensar nuestra relación con el patrimonio desde una perspectiva más inclusiva y menos dogmática. La crítica al color, aunque sea legítima en el marco de una discusión estética, no debería convertirse en un instrumento de exclusión o deslegitimación. Como manifesté anteriormente a través de otros escritos, el patrimonio vivo, está vivo precisamente por esa la vitalidad la que los vuelve significativos para las comunidades que lo habitan.

La autenticidad no es un concepto absoluto, sino relativo, y el respeto a la diversidad cultural "requiere el reconocimiento de la legitimidad de los valores culturales de todas las partes involucradas" (Nara, 1994). 

En el caso de La Serafina, las partes involucradas incluyen no solo a los expertos en patrimonio, sino también a las mujeres, las personas LGBTIQ+ y los vecinos que encontraron en este espacio un lugar de encuentro y expresión.

El Estado paraguayo tiene un papel que jugar en la preservación del patrimonio. Pero ese papel es el de un facilitador que crea las condiciones para que el patrimonio sea cuidado, habitado, y vivido. Por eso, hoy el desafío no es imponer una estética única sobre el patrimonio nacional, es encontrar un equilibrio entre la preservación de los valores históricos y la vitalidad contemporánea. 

Un equilibrio que reconozca que el color de una fachada es, en el gran esquema de las cosas, una intervención mínima y reversible y no debe ser enclaustrado en una burbuja de pureza o convirtiéndolo en un fetiche intocable. La verdadera amenaza al patrimonio está en el abandono, en la especulación inmobiliaria y en la falta de políticas públicas que integren el patrimonio a la vida urbana, o que las encaminan hacia estas direcciones estáticas, que irónicamente dificultan su propia salvación, mientras nos condenan como habitantes.

La cuestión fundamental trata de para quiénes conservamos y con qué propósito. Y no deberíamos de usar al patrimonio como excusa para excluir a aquellos que no encajan en nuestra idea de lo que es “respetuoso”, porque, esta crítica no es en solamente una crítica estética, también es política, una manera de decir si alguien no tiene derecho a ser legítimo heredero del centro histórico, de definir quiénes son los intrusos, los “contaminantes”, y las “manchas” en la fachada impecable que construimos. 

Si el patrimonio no es más que un cascarón vacío, una fachada homogénea y deshabitada, entonces algo estamos haciendo mal. Pero si el patrimonio es un lienzo vivo sobre el que cada generación puede inscribir su propia historia, entonces La Serafina, con sus colores estridentes y sus principios feministas, lejos de ser una afrenta a “nuestra identidad”, constituye una expresión más de esa misma identidad en permanente construcción. 

Bibliografía

-Ancient Greece. (s. f.). Image of Boston Museum of Fine Arts - 8 [Fotografía]. Licencia CC BY-NC-ND 4.0. https://ancient-greece.org/wp-content/uploads/Boston-Museum-of-Fine-Arts-8-2.jpeg

-British Museum. (s. f.). Paint and the Parthenon: Conservation of ancient Greek sculpture. https://www.britishmuseum.org/blog/paint-and-parthenon-conservation-ancient-greek-sculpture

-Consejo de Europa. (2005). Convenio marco del Consejo de Europa sobre el valor del patrimonio cultural para la sociedad (Convenio de Faro). https://www.coe.int

-Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS). (1964). Carta internacional sobre la conservación y la restauración de los monumentos y de los sitios (Carta de Venecia). II Congreso Internacional de Arquitectos y Técnicos de Monumentos Históricos.

-ICOMOS. (1994). Documento de Nara sobre la autenticidad. Conferencia de Nara sobre la Autenticidad.

-Conferencia Internacional sobre Conservación. (2000). Carta de Cracovia 2000: Principios para la conservación y restauración del patrimonio construido.

-Sakoulas, T. (s. f.). The colors of the Parthenon. Ancient Greece: Φῶς, Ἴχνος, Λόγος. https://www.ancient-greece.org/art-architecture/the-colors-of-the-parthenon/

-DailyMotion. (s. f.). The colors of the Parthenon [Video]. https://www.dailymotion.com/video/x8z7iew