La presencia ausente de lo que ya no está

La presencia ausente de lo que ya no está

Por Mayra Jiménez - MUPA

Alejandra Peña Gill nos habló el 18 de mayo en la Gran Logia Simbólica del Paraguay, en el marco del lanzamiento de talleres por el Día Internacional de los Museos. El espacio -con su carga de rito, sacralidad, contrastes, silencio y misterio- parecía anticipar el tono de la charla, una reflexión sobre lo invisible, lo perdido y aquello que solo sobrevive como huella.

Su presentación, titulada “Coleccionar lo invisible: radiografía del patrimonio ausente”, se movió entre fósiles, archivos, relatos históricos y memorias fragmentadas.Donde nos habló de colecciones invisibles, de fósiles que son sombras, de héroes que duermen en tres ataúdes distintos y de mujeres brujas a las que el siglo XVIII les tuvo miedo porque coleccionaban raíces y deseos.

Alejandra Peña Gill y Giovanni Ver Mellstreing (Foto de Jorge Mereles - ITSI).

Uno de los primeros relatos que compartió fue el de su infancia, cuando su abuelo, el historiador y coleccionista Juan Bautista Gill Aguínaga, los llevaba con palitas y baldecitos a la cantera de caolín de Itauguá. Allí, decía, el paisaje permitía imaginar un “fondo del mar” de hace más de 400 millones de años. Entre sedimentos y rocas aparecían fósiles —como trilobites— que abrían una experiencia del tiempo profundamente expandida, una entrada material a lo que ya no existe.

Aprendí también yo, al escucharla a ella, que los fósiles traen consigo la “mágica” carga del objeto que está allí, sin estar más, y que lo que vemos son los moldes que quedaron al descomponerse sus cuerpecitos de hojitas o de hueso, entre lechos de minerales, convirtiéndose a su vez en otros “nuevos”, donde con el cúmulo de eternidades, pasaron a ser réplicas de sí mismos, convirtiéndose (como hace alusión Alejandra), en pequeños “fantasmitas” que se hacen presentes en nuestro mundo contemporáneo tomando una forma material que podemos ver y poner en nuestra mano, trayendo consigo a nuestra realidad “la presencia ausente de lo que alguna vez existió”

Como la luz de una estrella extinta que sigue llegando a la Tierra, aunque la estrella haya muerto antes de que existiera siquiera la palabra que la nombre.

Desde esa lógica, propuso pensar que somos seres multitemporales porque podemos dialogar en tiempo real con un universo que materialmente se desvanece, pero que vive con nosotros en el presente, somos el presente de todas las cosas, y solo existe aquello que podemos imaginar y sentir, y que a esto le llamamos memoria. El presente, entonces, no es un punto fijo, sino un cruce inestable de temporalidades.

También planteó una idea provocadora: todo lo que existe lo hace por un tiempo limitado, en un instante de coincidencia entre su duración y la nuestra. Lo demás se transforma, se desplaza o se pierde, pero no desaparece del todo: queda como resto, como relato o como ausencia significativa. En ese sentido, no hay patrimonio sin pérdida, ni memoria sin transformación.

Uno de los ejemplos más potentes de la charla fue el caso de Juansilvano Godoi y el general José Eduvigis Díaz. Peña Gill retomó la figura de Godoi como alguien capaz de construir no solo un homenaje, sino una forma de apropiación simbólica del héroe. Según relató, mandó fabricar en Buenos Aires, en 1897, un ataúd suntuoso para el general, convirtiendo su figura en un objeto de culto doméstico y narrativo.

De esa historia surge una imagen inquietante: la del general con “tres ataúdes”. El primero, el de cedro, en la Recoleta; el segundo, el ataúd ornamental vinculado a la apropiación de Godoi; y el tercero, el que construyen los relatos posteriores, como el del museo de Cerro León, donde el objeto se vuelve interpretación. En esa superposición, el héroe deja de ser una figura fija para convertirse en una construcción narrativa en disputa.

Para Peña Gill, el museo opera justamente en ese límite. Entre lo que conserva y lo que reinventa. El curador no es solo un mediador, sino alguien que decide qué versiones del pasado se vuelven visibles. En ese sentido, la curaduría se asemeja a un acto de montaje: una forma de organizar el tiempo, de iluminar ciertas zonas y dejar otras en sombra.

En esa misma línea, recordó la historia de María Franco e Ignacia Cabañas, quienes en 1722, en San José de los Arroyos, recolectaban raíces, plumas de lechuza y otros elementos del monte para prácticas de curación y hechizos de amor. Fueron denunciadas por su autonomía material, ideológica y sexual, y condenadas al exilio por el gobernador José de Antequera y Castro. Sus colecciones fueron disueltas, y lo que queda de ellas hoy sobrevive apenas en archivos judiciales y en la reconstrucción histórica.

Fuente: Archivo Nacional de Asunción.

Estos fragmentos permiten pensar, dijo Peña Gill, en un “museo de lo invisible”: una colección de objetos invisibles, conformado por canciones de cuna que nadie grabó, recetas de abuelas, cartas privadas pérdidas o las historias de póras (fantasmas) y rezos de protección que forman parte del tejido cultural del pasado, donde lo ausente también es patrimonio, aunque no siempre pueda ser exhibido.

Para Alejandra, toda colección es el anclaje de algo que no se ve, y al retirar un objeto del mundo, los museólogos le damos muerte y lo resucitamos a su nueva vida de vitrina. Esa tensión entre conservación y pérdida es el núcleo del trabajo museológico.

También dijo que Paraguay está cargado de ausencias, de pérdidas, de exilios, y de objetos saqueados. Sin embargo, incluso en ese paisaje de ausencias, persiste la posibilidad del asombro. Mientras exista la capacidad de mirar con atención, de imaginar lo que no está, algo de aquello perdido sigue activo en la experiencia presente.

Al finalizar, quedó resonando una frase de su poema : “en tu corazón renace aquello que te han robado” porque nadie puede arrancar de raíz lo que el alma eligió para que la habite y viva en forma de recuerdo de lo que alguna vez estuvo.

Poema de Alejandra Gill

Bibliografía